Skip to main content

A mis 48 años puedo mirar atrás y reconocer algo que no siempre vi con claridad: Dios estuvo obrando en mi vida mucho antes de que yo fuera consciente de ello. Durante mi adolescencia, jamás imaginé que serviría en el ministerio. En aquellos años, Dios fue alguien en mis pensamientos, pero no una realidad cercana. Conocía ciertas cosas acerca de Él, pero todavía no entendía lo que significaba caminar con Él, depender de Él y verlo obrar en medio de las circunstancias ordinarias de la vida.

Con el paso del tiempo, el Señor fue transformando mi corazón. Mirando atrás, veo cómo utilizó personas, experiencias y temporadas muy distintas para prepararme para algo que nunca estuvo en mis planes. Hoy entiendo que la plantación de la iglesia no comenzó cuando fuimos enviados. Comenzó mucho antes, cuando Dios empezó a formar el carácter de un hombre que todavía tenía mucho por aprender.

Y quizás esa es la primera lección que quisiera compartir: plantar una iglesia nunca fue el objetivo principal de Dios para mi vida. Su objetivo era formar a Cristo en mí mientras me permitía participar en su obra.

Descubriendo el valor de la iglesia local

Cuando fui invitado a formar parte de un equipo de plantación junto con mi familia, servía en el ministerio de jóvenes. Me apasionaba enseñar la Palabra de Dios y compartir las verdades del evangelio que estaban transformando mi propia vida. No tenía todas las respuestas ni una estrategia perfectamente definida. Lo que sí tenía era un profundo deseo de servir al Señor y anunciar a Cristo a quienes todavía no lo conocían.

Con el tiempo, Dios comenzó a enseñarme algo que hoy considero fundamental: la iglesia local ocupa un lugar central en su plan.

Confieso que en ocasiones fui tentado a pensar que el ministerio consistía en organizar actividades, mantener programas o lograr ciertos resultados visibles. Sin embargo, la realidad me mostró otra cosa. La iglesia no es una agenda llena de reuniones. La iglesia son personas reales, con luchas reales, a quienes Dios está transformando por medio del evangelio y de la iglesia local.

Uno de los desafíos que sigo enfrentando es evitar que la iglesia se convierta en una rutina. Es posible reunirnos cada semana, desarrollar ministerios e incluso crecer numéricamente, mientras perdemos de vista la razón por la que existimos. He visto cuán fácil es que una congregación se conforme con asistir, participar y servir, pero olvide que fue llamada a hacer discípulos.

Por eso, una de mis convicciones más profundas hoy es que la iglesia local debe mantenerse enfocada en su misión: evangelizar, discipular, equipar y enviar. Cuando pierde de vista ese propósito, comienza a parecerse más a una organización que a una familia espiritual.

Cuando el liderazgo se convierte en una prueba de humildad

Si soy completamente honesto, uno de los retos más difíciles que enfrenté durante los primeros años fue mi propia necesidad de demostrar que era capaz.

Recuerdo momentos en los que sentía que debía probar que estaba preparado para liderar. Me preocupaba que otros vieran mis limitaciones. En más de una ocasión intenté ganar confianza mediante mi desempeño, pensando que debía demostrar competencia para ser respetado.

Con el tiempo entendí que estaba luchando la batalla equivocada.

Dios utilizó muchas circunstancias para mostrarme que el liderazgo cristiano no se sostiene sobre la capacidad personal, sino sobre la dependencia de Cristo. Lo que las personas necesitaban de mí no era una imagen de perfección, sino un ejemplo de alguien que también estaba aprendiendo a caminar con Dios.

Todavía recuerdo temporadas en las que me preguntaba si realmente era la persona adecuada para la tarea. Como Moisés, muchas veces observé mis propias limitaciones antes que la suficiencia de Dios. Sin embargo, el Señor fue paciente conmigo. Me enseñó que no me había llamado porque yo fuera suficiente, sino porque Él es suficiente.

Hoy puedo decir que las temporadas que más me hicieron crecer no fueron aquellas en las que me sentí fuerte, sino aquellas en las que me sentí completamente dependiente de Dios.

La lección que más me costó: necesito un equipo

Si existe una lección que me hubiera gustado aprender antes, es esta: ningún plantador fue diseñado para caminar solo.

Durante años me costó reconocer cuánto necesitaba a otros hombres a mi lado. En ocasiones cargué responsabilidades que nunca debí cargar solo. Otras veces pensé que pedir ayuda era una señal de debilidad. Incluso llegué a creer que debía resolver cada problema personalmente.

Ahora veo cuán equivocado estaba.

La soledad ministerial es real. Existen momentos en los que uno se pregunta si está haciendo lo correcto. Hay días en los que el peso de las decisiones, las necesidades de las personas y las responsabilidades del ministerio parecen demasiado grandes.

Fue precisamente en esos momentos cuando Dios me mostró la importancia del liderazgo compartido.

Aprendí que necesito hombres piadosos caminando a mi lado. Necesito personas que me animen, me confronten cuando sea necesario y me recuerden aquello que a veces olvido. Necesito rendir cuentas. Necesito escuchar otras perspectivas. Necesito un equipo.

Hoy estoy convencido de que el liderazgo compartido no es simplemente una estrategia eficiente; es una necesidad para la salud del ministerio. Dios nunca pretendió que sus siervos avanzaran solos.

Descubriendo que los programas no hacen discípulos

Otra lección importante surgió al observar cómo crece realmente una iglesia.

Al comenzar, es fácil pensar que el avance del ministerio depende de desarrollar más actividades, más reuniones o más programas. Sin embargo, con los años descubrí que los programas no transforman personas.

Las personas transforman personas.

Uno de mis errores fue no comenzar a formar líderes tan temprano como debía. Mirando atrás, habría invertido más tiempo desde el principio en caminar junto a otros hombres, discipularlos y prepararlos para servir.

Durante años me enfoqué demasiado en las necesidades inmediatas y no lo suficiente en la multiplicación de líderes.

Dios me enseñó que el discipulado ocurre principalmente en las relaciones. Ocurre cuando compartimos la vida con otros creyentes. Ocurre cuando enseñamos, corregimos, animamos y acompañamos a alguien en su crecimiento espiritual.

También aprendí que formar discípulos requiere paciencia. En nuestra cultura hay muchas personas dispuestas a asistir a una iglesia, pero pocas dispuestas a comprometerse con un proceso profundo de crecimiento espiritual. Eso puede resultar desalentador. Sin embargo, el crecimiento verdadero casi siempre es más lento de lo que quisiéramos.

Hoy procuro recordar constantemente que el éxito de una iglesia no se mide únicamente por cuántas personas asisten cada domingo, sino por cuántas están siendo transformadas a la imagen de Cristo.

El reto más grande no fue plantar una iglesia

Cuando las personas me preguntan cuáles han sido los mayores desafíos del ministerio, podrían esperar que hable de la falta de recursos, de la incertidumbre económica o de las dificultades propias de la plantación.

Y ciertamente esos desafíos han existido.

He enfrentado momentos de preocupación financiera. He visto cómo las cuentas parecían superar los recursos disponibles. He tenido que aprender a levantar apoyo económico y depender de la provisión de Dios de maneras que nunca imaginé.

También he enfrentado el desánimo que llega después de compartir el evangelio muchas veces sin ver resultados visibles. He esperado a personas que prometieron asistir y nunca llegaron. He experimentado momentos de soledad ministerial y temporadas de incertidumbre.

Pero, si soy sincero, ninguno de esos ha sido el desafío más grande.

El reto más grande ha sido permanecer en Cristo.

Me ha costado mantener prioridades correctas. Me ha costado proteger mi vida devocional. Me ha costado recordar que mi primer ministerio es mi relación con Dios, seguido por mi esposa y mis hijos.

Con frecuencia me he encontrado más preocupado por producir que por permanecer.

Sin embargo, una y otra vez el Señor me ha recordado las palabras de Jesús: separados de mí nada podéis hacer.

La plantación de la iglesia se convirtió en un medio de santificación. Dios utilizó cada desafío para mostrarme áreas de mi vida que todavía necesitaban ser transformadas. Utilizó cada dificultad para llevarme nuevamente a depender de Él.

Y esa sigue siendo la lección más importante que continúo aprendiendo.

Una palabra para quienes están plantando iglesias

Si pudiera sentarme a conversar con un joven plantador, no comenzaría hablando de estrategias. Probablemente le hablaría de fidelidad.

Le diría que ame a Cristo más que al ministerio.

Le diría que invierta en personas antes que en programas.

Le diría que forme líderes desde el principio.

Le diría que cuide a su familia con la misma pasión con la que cuida la iglesia.

Le diría que no intente caminar solo.

Y le recordaría algo que Dios ha tenido que enseñarme una y otra vez: la iglesia pertenece a Jesucristo.

Nosotros sembramos, discipulamos, servimos y acompañamos a otros, pero es Cristo quien da crecimiento.

Después de años de ministerio en Cuenca, puedo mirar atrás con gratitud y reconocer que la fidelidad de Dios ha sido mayor que cada obstáculo encontrado en el camino. La plantación de iglesias está llena de desafíos, pero también es uno de los privilegios más grandes que el Señor concede a sus siervos.

Porque al final, Dios no solamente estaba plantando una iglesia. También estaba formando a un siervo. Y esa sigue siendo su obra hasta el día de hoy.

Leave a Reply